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domingo, 21 de mayo de 2017

"La referencia es el pelotón.
Cuando, en verano de 1999, vino Pamela Anderson a Punta del Este, se armó un alboroto mediático porque la señorita, con su enorme apología a las glándulas mamarias, bajó a la playa una tarde y fue atacada por una horda de hombres que, bajo el influjo idiotizante de la testosterona, comenzó por pedirle autógrafos y casi terminó arrancándole el traje de baño.
Pamela huyó llorando y prometiendo que nunca más volvería al salvaje Uruguay, desprecio que afectó profundamente a los nativos, convencidos de que los agresores tenían que haber sido todos argentinos.
El argumento para culpar a los vecinos, con los que aún quedaba algo del traspapelado idilio de los 'países hermanos', era que ningún uruguayo se comportaría jamás de esa forma. Porque sin la invasión estival porteña, los uruguayos pueden asegurarle, muy confiados, a Katie Holmes o  a Cameron Díaz que si se sientan  a tomar un café en un bar de Montevideo nadie las va a molestar. Y dejando de lado la injusta acusación a los argentinos, todos estaban de acuerdo en que el caso de Pamela había sido excepcional.
Y es cierto, fue excepcional. Que vuelva Pamela. Porque en Uruguay existe un enorme 'respeto' por las figuras públicas.
Me permito conjeturar, aunque no soy una conjeturadora autorizada, que ese 'respeto' se debe a la discreción que conforma la cultura uruguaya. Lo que no significa que no haya interés en el chisme, sino que éste se oculta: cualquiera sabe que la discreción es la curiosidad disimulada. Porque cuando Shakira comenzó a salir con Antonio de la Rúa, en pocas horas se agotó el número de Gente que reportaba el idilio.
Por otro lado, existe una certeza colectiva de algo aún más simple: el famoso no es mejor que nadie. No se lo considera, aunque sea una eminencia del pensamiento moderno, portador de ninguna verdad. He escuchado, en ambientes ni remotamente intelectuales, rebatir conceptos de, por ejemplo, Umberto Eco como quien plantea un desacuerdo con el portero de su edificio.
O sea, los famosos son tipos que por suerte, contactos o cierta habilidad -y quién sabe qué curro- han logrado plantarse bajo el foco de los medios. Y nada más. Por ejemplo, cuando hace unos diez años se hablaba a diario del uruguayo Fernando Espuelas, fundador de StarMedia (ahora quebrada), el almacenero de mi barrio me decía: -¡Pero si la mamá me lo enviaba al almacén cuando era chico!- con un tono que decía algo así como: 'que no se olvide de que yo sé que somos iguales'.
Y no sólo todos somos iguales, sino que todos debemos ser iguales. El destaque, la diferencia, lo sobresaliente, es rechazado. Las aristas se liman. El signo diferenciador no es un plus sino una muestra de soberbia, de mal gusto o, en el mejor de los casos, de exhibicionismo.
Ya a causa de ese culto a la medianía, es decir, a lo mediano, a lo intermedio, todos pasamos por un tamiz. Pero no para que permanezca lo que el tamiz atesora, sino lo que descarta: el bagazo, lo igual.
Así, lijando asperezas, se consigue esta sociedad tan aparentemente homogénea; el gay oculta su preferencia sexual, el que tiene renombre se achica, el punk se saca los piercings para ir al trabajo, el extranjero descarta sus tradiciones, quien ríe con fuerza se corrige y la voluptuosa se avergÛenza de sus excesos. Cualquiera que se fugue del 'pelotón' es visto con el asombro de quien descubre una nave extraterrestre en el patio de su casa.
La anécdota del pelotón es de Gerardo Caetano, con quien hice un curso de historia en el CLAEH hace unos años. No he logrado confirmarla; me limito a narrarla como lo hacía él porque igual es ejemplar: contaba Caetano que, en el Vuelta Ciclista del Uruguay de no-me-acuerdo-cuándo, los competidores rusos comentaron a la prensa lo rara que les pareció la forma de competir de los uruguayos. Y ahí saltaron los periodistas: 
-¿Por qué? ¿Cómo somos?
Según Caetano, los rusos respondieron que al comenzar la carrera, los demás ciclistas, unidos en un pelotón, les hicieron señas para que se unieran a ellos. Ellos obedecieron, se integraron al pelotón y pedalearon así: todos juntos para no cansarse demasiado y sin que nadie se aprovechara de la lentitud de la carrera para adelantarse; cosa que se definiría sólo al final.
Pero en ocasiones algún vivo sí se adelantaba causando un gran revuelo en el pelotón, que debía avanzar para alcanzar al fugitivo y reintegrarlo al amasijo. Ese fugitivo después recibía recriminaciones y era objeto de rencor por su falta de solidaridad.
-¿Pero cómo es en otros países?- preguntó un periodista -, ¿No es así como se compite?
-¡No! En otros lugares al referencia es el fugitivo. Aquí, la referencia es el pelotón."

(Extraído de "Lamentablemente estamos bien", Leila Macor, Montevideo, Sudamericana, 2010, 3a. edición.  Licenciada en Letras y periodista nacida en Caracas en 1971, vivió varios años en Montevideo).

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