Horarios 2015

Lunes 9:00 a 15:30 Martes 10.30 a 11.30 hs.
Miércoles 9:00 a 11:30 y 12:30 a 14:00 y 15:30 a 17:00 hs.
Jueves 11:30 a 15:30 Viernes 10:30 a 16:00 hs.

martes, 18 de julio de 2017

Faltaban dos minutos para las once y media. Siempre llegaba temprano con un tostado en una mano y en el hombro un bolso lleno de pines comprado en una convención de animé. Alto y flaco, cual Quijote, llegaba con el pecho hinchado, a veces latía fuerte de emoción esperando encontrarla.
Tenían la misma edad, pero él estaba en primero y ella en tercero. Él había dejado de estudiar los dos años anteriores que lo había intentado. No le motivaba el liceo, ni la clase, ni las actividades que allí se planteaban. Hasta que tuvo que adaptarse a las circunstancias y lo logró con un poco de ayuda.
Se gustaron desde la primera vez que se vieron. Fue en la biblioteca del liceo. Ella buscaba concentradamente un libro que no encontraba. Él llegó por casualidad, enviado por una profesora a devolver unos marcadores. Cuando ella volvió el rostro para pedir ayuda a la bibliotecaria, cruzaron miradas. Nada más. El resto lo hizo el recuerdo, los pasillos compartidos y esos gorritos que los hacían únicos entre miles. Ella usaba uno con forma de oso panda. Él, uno de un koala. El sentirse diferentes los unió. No es fácil sobrevivir en una sociedad que discrimina y segrega tan fácilmente a los jóvenes que dice valorar.
A media mañana muchas veces se encontraban a estudiar o hacer deberes, cada uno en lo suyo. Otras veces compartían miradas, alguna caricia, comentarios y suspiros. Poco a poco se fueron convirtiendo en parte formal de la biblioteca. Quienes entraban del turno de la mañana, ya los conocían. Hicieron amigos a través de charlas sobre libros, películas, videojuegos o navegación por internet. Ella era muy buena estudiante y lo impulsaba a él, que no gustaba mucho de la lectura, pero se dejaba ayudar y querer.
A través de los anaqueles tejieron sueños... crecer juntos, pasear, viajar, compartir, de pronto la realidad los atravesaba como un “si pudiera pasar a cuarto e ir al mismo liceo contigo”. Era un anhelo que reflejaba un poco de incertidumbre ante el desafío que implicaba que ella pasara a cuarto año y tuviera que cambiar de liceo.

Las visitas continuaron. Este año él viene sólo, pero la lleva prendida en sus palabras. En la biblioteca se encuentra con varios amigos con los que conversan mientras esperan que suene el timbre de entrada a clase. Le gusta llegar y encontrarse con amigos del otro turno, con los que organizan salidas y debaten entusiasmados cuando encuentran un videojuego nuevo. Hasta sacó un libro con el que se entusiasmó “Papá no es punk” de Federico Ivanier. Se siente identificado con el personaje principal que integra una banda de rock y tiene una relación compleja con sus compañeros de clase que no entienden su preferencia por este estilo de música en lugar de la plena o el reggaeton, como escucha la mayoría.

“¡Non fuyades, cobardes y viles criaturas, que es un caballero quien os acomete!” se aprendió de memoria algunas escenas del Ingenioso Hidalgo que representaron en clase con la profesora de Español. Nunca había escuchado hablar de Miguel de Cervantes, así que fue hasta la biblioteca y descubrió una edición ilustrada que le ayudó a caracterizar su personaje.
De pronto vio a su Dulcinea que venía cabalgando por... ¡la avenida! Miró por la ventana y gritó ¡Cuidado el camión! Al ver que su andar era zigzagueante e inseguro pero había tomado gran velocidad, él salió corriendo hacia la puerta del liceo. No podía creer lo que estaba viendo, ella avanzaba a todo galope por el cantero corriendo riesgo de quedar enganchada en una rama o caer bajo algún auto. No entendía nada... Parecía que su corazón iba a explotar, pero esta vez de miedo. De pronto, cuando estaba cruzando la calle, sintió un sonido estruendoso como una bocina muy fuerte que se le acercaba... ¡Riiiing! El estrepitoso timbre de salida al recreo lo sobresaltó. Se había dormido y estaba soñando. Se levantó extrañado. Miró a su alrededor, pero no había nadie. ¿Cómo podía ser que estuviera sólo cuando hasta hacía un rato estaba rodeado de gente pidiendo y devolviendo libros?
Empezó a caminar y el silencio lo abrumaba. -¡¡Hola!!, gritó. Nadie respondía. Salió al pasillo y luego al corredor. Nadie. Intentó subir las escaleras. Nada. Al atravesar el primer pasillo de entrada comenzó a sonar una alarma. No entendía nada. ¡Qué sensación de angustia! ¿Qué estaba pasando?
Cuando estaba buscando su celular para llamar a su casa sintió que algo o alguien le sacudía el hombro: ¡¡Maximiliano, Maximiliano!! Despertate que la profe de Inglés te está buscando...
-¡Pero si los estaba buscando y acá no había nadie! ¿Qué pasó? ¡No entiendo nada!
Lágrimas de incertidumbre bordearon su rostro.
- Tranquilo, dijo la voz que mejor reconocía. Caíste en un sueño dentro de otro sueño. Como cajas chinas. Todo está bien. Soñaste que soñabas cuando por un instante quedaste solo leyendo.
– Entonces, así como Don Alonso Quijano enloqueció leyendo novelas de caballería, yo...
– No, Maxi, está todo bien. Fue sólo tu imaginación que se llenó de fantasía y viajaste por un instante. No temas. Ojalá todos tuviéramos esa dosis de “locura” que nos permita soñar con un mundo mejor.
– ¡Que así sea!

sábado, 15 de julio de 2017

domingo, 21 de mayo de 2017

"La referencia es el pelotón.
Cuando, en verano de 1999, vino Pamela Anderson a Punta del Este, se armó un alboroto mediático porque la señorita, con su enorme apología a las glándulas mamarias, bajó a la playa una tarde y fue atacada por una horda de hombres que, bajo el influjo idiotizante de la testosterona, comenzó por pedirle autógrafos y casi terminó arrancándole el traje de baño.
Pamela huyó llorando y prometiendo que nunca más volvería al salvaje Uruguay, desprecio que afectó profundamente a los nativos, convencidos de que los agresores tenían que haber sido todos argentinos.
El argumento para culpar a los vecinos, con los que aún quedaba algo del traspapelado idilio de los 'países hermanos', era que ningún uruguayo se comportaría jamás de esa forma. Porque sin la invasión estival porteña, los uruguayos pueden asegurarle, muy confiados, a Katie Holmes o  a Cameron Díaz que si se sientan  a tomar un café en un bar de Montevideo nadie las va a molestar. Y dejando de lado la injusta acusación a los argentinos, todos estaban de acuerdo en que el caso de Pamela había sido excepcional.
Y es cierto, fue excepcional. Que vuelva Pamela. Porque en Uruguay existe un enorme 'respeto' por las figuras públicas.
Me permito conjeturar, aunque no soy una conjeturadora autorizada, que ese 'respeto' se debe a la discreción que conforma la cultura uruguaya. Lo que no significa que no haya interés en el chisme, sino que éste se oculta: cualquiera sabe que la discreción es la curiosidad disimulada. Porque cuando Shakira comenzó a salir con Antonio de la Rúa, en pocas horas se agotó el número de Gente que reportaba el idilio.
Por otro lado, existe una certeza colectiva de algo aún más simple: el famoso no es mejor que nadie. No se lo considera, aunque sea una eminencia del pensamiento moderno, portador de ninguna verdad. He escuchado, en ambientes ni remotamente intelectuales, rebatir conceptos de, por ejemplo, Umberto Eco como quien plantea un desacuerdo con el portero de su edificio.
O sea, los famosos son tipos que por suerte, contactos o cierta habilidad -y quién sabe qué curro- han logrado plantarse bajo el foco de los medios. Y nada más. Por ejemplo, cuando hace unos diez años se hablaba a diario del uruguayo Fernando Espuelas, fundador de StarMedia (ahora quebrada), el almacenero de mi barrio me decía: -¡Pero si la mamá me lo enviaba al almacén cuando era chico!- con un tono que decía algo así como: 'que no se olvide de que yo sé que somos iguales'.
Y no sólo todos somos iguales, sino que todos debemos ser iguales. El destaque, la diferencia, lo sobresaliente, es rechazado. Las aristas se liman. El signo diferenciador no es un plus sino una muestra de soberbia, de mal gusto o, en el mejor de los casos, de exhibicionismo.
Ya a causa de ese culto a la medianía, es decir, a lo mediano, a lo intermedio, todos pasamos por un tamiz. Pero no para que permanezca lo que el tamiz atesora, sino lo que descarta: el bagazo, lo igual.
Así, lijando asperezas, se consigue esta sociedad tan aparentemente homogénea; el gay oculta su preferencia sexual, el que tiene renombre se achica, el punk se saca los piercings para ir al trabajo, el extranjero descarta sus tradiciones, quien ríe con fuerza se corrige y la voluptuosa se avergÛenza de sus excesos. Cualquiera que se fugue del 'pelotón' es visto con el asombro de quien descubre una nave extraterrestre en el patio de su casa.
La anécdota del pelotón es de Gerardo Caetano, con quien hice un curso de historia en el CLAEH hace unos años. No he logrado confirmarla; me limito a narrarla como lo hacía él porque igual es ejemplar: contaba Caetano que, en el Vuelta Ciclista del Uruguay de no-me-acuerdo-cuándo, los competidores rusos comentaron a la prensa lo rara que les pareció la forma de competir de los uruguayos. Y ahí saltaron los periodistas: 
-¿Por qué? ¿Cómo somos?
Según Caetano, los rusos respondieron que al comenzar la carrera, los demás ciclistas, unidos en un pelotón, les hicieron señas para que se unieran a ellos. Ellos obedecieron, se integraron al pelotón y pedalearon así: todos juntos para no cansarse demasiado y sin que nadie se aprovechara de la lentitud de la carrera para adelantarse; cosa que se definiría sólo al final.
Pero en ocasiones algún vivo sí se adelantaba causando un gran revuelo en el pelotón, que debía avanzar para alcanzar al fugitivo y reintegrarlo al amasijo. Ese fugitivo después recibía recriminaciones y era objeto de rencor por su falta de solidaridad.
-¿Pero cómo es en otros países?- preguntó un periodista -, ¿No es así como se compite?
-¡No! En otros lugares al referencia es el fugitivo. Aquí, la referencia es el pelotón."

(Extraído de "Lamentablemente estamos bien", Leila Macor, Montevideo, Sudamericana, 2010, 3a. edición.  Licenciada en Letras y periodista nacida en Caracas en 1971, vivió varios años en Montevideo).